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domingo, 17 de marzo de 2024

Vivir con… y salir del… Ismael Pérez Vigil. Politólogo, 17 de marzo de 2024




Vivir con … y Salir del…

16 de marzo de 2024. Habiendo finalizado una reflexión acerca de los regímenes “autoritarios, totalitarios o dictaduras” −aunque estas palabras no sean sinónimos−, es inevitable referirme ahora a cómo vivir −o sobrevivir− en uno de esos regímenes y cómo se puede salir de ellos.

El tema de “vivir y salir” del “totalitarismo” es un tema vasto y muy complejo, con innumerables aristas, imposibles de abarcar todas en un escrito como éste; y además es un tema cuya discusión despierta enconos muy pronunciados o profundos; por eso la mía es una reflexión teórica, o como dije en el caso del “totalitarismo”, es un “inicio de reflexión” sobre un tema cuya discusión no se ha dado en profundidad, que es importante de abordar y sobre el que es muy difícil mantener una posición objetiva, al menos, desde el punto de vista de la política práctica; por eso, precisamente, es importante mantenerse en el nivel de los conceptos e ideas.

El tema tiene dos momentos, uno es el “vivir” bajo uno de esos regímenes, cuando son fuertes y están en su apogeo; el otro, es cuando sus oponentes adquieren fuerza o el régimen entra en crisis y se atisba que puede llegar el momento o la oportunidad de “salir” de él. Si bien no hay una separación tajante, son dos momentos diferentes que cada uno tiene su propia dinámica.

Vivir en “totalitarismo”.

En la fase de inicio de los gobiernos totalitarios, o en su época de auge, de lo que se trata es de vivir o sobrevivir, tanto para los militantes anti régimen totalitario, que se oponen a esos regímenes y para la población en general, que es la que sufre las consecuencias de los descalabros que ocasionan. Al respecto hay, en mi opinión, un trabajo extraordinario y reciente del periodista Luis Carlos Diaz (LCDiaz), quien, en un mensaje publicado en X o Twitter, magistralmente caracterizó y describió, a partir de la experiencia durante la ocupación alemana de los Países Bajos, la conducta seguida por los lideres y el pueblo. Sin reservas recomiendo su lectura (ver https://bit.ly/3uVhpCJ) y me parece que es aplicable a cualquiera de los regímenes “totalitarios” que pudiéramos considerar hoy en día.

LCDiaz describe tres actitudes o conductas que puede adoptarse frente a estos regímenes: Acomodarse o adaptarse, resistir y colaborar. Vale la pena sintetizar y comentar cada una.

“Acomodarse” o “Adaptarse”

Suele ser la opción del grueso de la población, que lo que quiere es una vida tranquila, que su familia tenga seguridad −personal y social−, poder cuidar, alimentar y educar a sus hijos para que estos tengan oportunidades de futuro, tener trabajo y poder vivir de él, disfrutar de mínimas condiciones de vida y de servicios básicos, etcétera; no están en condiciones de enfrentarse a un gobierno “totalitario”, todopoderoso, y cuando éste se presenta lo que procuran es sobrevivir a los males que puedan venir, sin otra aspiración y creen que de esa manera −acomodándose, adaptándose− se verán menos perjudicados. Por lo general −nos dice LCDiaz, examinando el caso europeo durante la ocupación nazi−, piensan fundamentalmente en términos personales o en todo caso extensivos a su familia más cercana, rara vez hacia el colectivo. Desde luego, esa conducta no los exime de las consecuencias y los males del “totalitarismo”, pero muchas veces no tienen otra opción.

“Resistir”.

Los que asumen la actitud y conducta de “resistir”, desde luego también piensan en ellos mismos, pero también en la libertad de todos; pero, siempre son una minoría, una élite, usualmente politizada y que corren riesgos muy altos, nos dice LCDiaz. Pero no basta ser “…las Antígonas del presente” (Ver Edgar Cherubini en El Nacional, https://bit.ly/3wYQ7eZ), corresponde a este grupo definir ideas, maneras, formas, de enfrentar a los regímenes totalitarios; y entre muchas alternativas y acciones, que no voy a describir ni mencionar, el boicot siempre puede estar presente y dado que puede darse a diferentes niveles, alguna de sus acciones estará al alcance del ciudadano común.

Por ejemplo, para muchos es inviable dejar de trabajar para el estado o contratar con él; pero hay quienes lo pueden hacer; de igual manera, para quien no tiene los recursos, no es una opción plantearse o asumir como actitud o conducta dejar de asistir a eventos de entretenimiento costosos, ir a ciertos restaurantes de lujo o comprar en tiendas caras de productos importados; pero, para quienes estas posibilidades −o algunas de ellas− están a su alcance, bien pueden dejar de consumir ciertos productos, de ir a determinados espectáculos o eventos y de comprar en tiendas promovidas por quienes colaboran con el régimen. Además de otras acciones políticas de resistencia, las anteriores son ejemplos de actitud y conducta que se pueden proponer y llevar adelante, sin incurrir en mayores riesgos. Aquí cabe la expresión: “…el que entendió, entendió…”.

“Colaborar”.

En esta categoría entran una buena cantidad de oportunistas, que solo calculan el beneficio personal. Aunque LCDiaz nos dice que, en el ejemplo de la Europa que analizó, el grupo de los que “colaboran” es el doble de los que “resisten”, por la “naturaleza” de la actividad, de todas maneras, no deben ser muy numerosos; pero no tengo elementos para comparar, aparte de los aportados por el periodista. Por lo anterior y porque me preocupa más el aspecto “cualitativo” de algunos de los que componen este grupo, me referiré solamente a los empresarios, que también los reseña LCDiaz, quien dice que: “…siempre se crean incentivos y hay algo de ánimo propio para trabajar con quienes hacen daño…”, y continua: “Tampoco sé si los empresarios que calculan las ganancias de trabajar con los agresores, cuentan también el daño que ocasionan”.

Desde luego que no, sería mi respuesta, mi opinión acerca de ese comentario de LCDiaz. Siempre he pensado que este sector, el empresarial, si no obra decididamente por la resistencia al “totalitarismo”, al menos se debe mantener en una especie de “centro político”.  Mirar hacia otro lado, mientras se negocia con quienes destruyen la democracia y el estado de derecho, es desde un punto de vista práctico −o cínico− olvidar que invertir en la democracia, a la larga siempre ha sido la inversión más rentable y segura; hacer lo contrario, implica pagar las consecuencias de contribuir a la “profundización de la crisis”, como bien señala LCDiaz. O como dice Cayetana Álvarez de Toledo, la extraordinaria historiadora, periodista y política española, en una magnífica conferencia dictada a jóvenes mexicanos, quien lapidariamente sentenció que los empresarios que asumen la conducta de colaborar terminan convertidos en: “…burros de Troya”. Al igual que el artículo de LCDiaz, recomiendo ampliamente la conferencia en YouTube, de Cayetana Álvarez de Toledo. (https://bit.ly/3Vd5dHU)

Salir del “totalitarismo”.

Sobre este tema hay innumerables escritos, ensayos, tratados; menciono solo dos fuentes: están los trabajos del politólogo John Magdaleno, quien ha desarrollado extensas y detalladas investigaciones respecto a los procesos de transición; para solo citar uno de sus trabajos, ver: ¿Para qué sirven las elecciones en regímenes autoritarios?, en Revista Ideas, Parte I (02/08/2021) y Parte II (10/09/2021).  Otra obra que se cita frecuentemente al tratar este tema es “Transiciones democráticas: Enseñanzas de líderes políticos” editado por Sergio Bitar y Abraham Lowenthal, (publicada por Galaxia Gutenberg, 2016. ISBN: 978-84-16495-70) De todos los casos que refieren estos autores, voy a tomar unos pocos ejemplos, solo para ilustrar como salir de un régimen totalitario.

Lo primero es considerar el caso de si quien se opone al “totalitarismo” tiene la fuerza, física, para enfrentarse y derrotarlo. Ese es el caso claro del nazismo y el fascismo durante la segunda Guerra Mundial, que fueron derrotados política y militarmente y barridos por completo. Cuando ese no es el caso, operan otros factores, como el desgaste político producto del fracaso social y económico de esos regímenes, más la presión interna e internacional, y se derrumban, como son los casos más emblemáticos del Comunismo Soviético y sus satélites de Europa Oriental, a finales de los años 80 del siglo pasado, cuyo ejemplo más emblemático es la caída del Muro de Berlín. Pero hay otros casos, no menos dramáticos e importantes, como son los ejemplos de la caída del “apartheid” en Suráfrica y la salida de la dictadura chilena de Pinochet; en otros casos la salida se produce a partir de la muerte del dictador u hombre fuerte del régimen, como fue el caso de Francisco Franco en España; pero, en todos ellos se concluyó en un proceso electoral que propició la transición a la democracia. Hay muchos ejemplos que se pudieran mencionar y sería interminable hacerlo, por eso me remito a los autores y obras citadas, acotando que cada realidad es distinta y debe ser evaluada apropiadamente.

Conclusión.

Lo primero es acordarse que el “totalitarismo” cuenta con aliados importantes: el pesimismo, la desesperanza, el miedo, el fatalismo; que son los principales factores que estimulan, propician y desarrollan estos regímenes, pues ayudan a mantenerlos, en lo psicológico, pues obviamente la fuerza es el factor que en última instancia sostiene este tipo de regímenes.

De lo que se trata es de evaluar la propia realidad, determinar en qué parte del proceso se encuentran las fuerzas que se oponen al “totalitarismo” y escoger el curso de acción apropiado −siempre hay, al menos uno− para desarrollarlo y contribuir a desalojar del poder al “autoritarismo”, el “totalitarismo”, las “dictaduras”. Como bien dice Cherubini en el artículo citado: “…las leyes del corazón están por encima de cualquier ley impuesta arbitrariamente por un tirano.”

https://ismaelperezvigil.wordpress.com

domingo, 10 de marzo de 2024

Vistazo al Totalitarismo (y II). Ismael Pérez Vigil. Politólogo, 9 de marzo de 2024

 


Vistazo al Totalitarismo (y II).

Ismael Pérez Vigil


A pesar de la turbulencia política que vivimos en este momento, o quizás precisamente por eso, decidí mantener y concluir la reflexión que inicié la semana pasada sobre el “totalitarismo”, pues creo que es importante, además de lidiar con lo cotidiano de la política, incorporar elementos conceptuales al análisis, que nos permitan entender mejor la realidad que vivimos.

Se recordara que en mi reflexión de la semana pasada (ver: https://bit.ly/3V3msvg),  fui llevado de la mano por el psicólogo social J.A.C. Brown y su visión al respecto; en el párrafo anterior a la conclusión, referí el criterio de Brown acerca de cuáles son los sectores o personas −los resentidos, repudiados, frustrados, grupos minoritarios o socialmente inadaptados− en los que tienen éxito las ideologías totalitarias para reclutar sus adeptos y seguidores. En mi reflexión de esta semana me guio por el criterio sobre este punto de otro autor, muy disímil, como lo es Ernesto Sábato, pero que tiene algunas ideas y conclusiones similares a las de Brown.

Lo que dice Sábato.

La visión de Ernesto Sábato se deprende más de su experiencia, política y personal, durante su militancia juvenil en la izquierda; conocemos a Sábato como escritor y novelista de renombre −Premio Cervantes−, pero pocos saben que fue físico y por tanto aporta a sus escritos una connotación científica, que explica algo de su pesimismo y cinismo al tratar diversos temas.

Y así nos explica Sábato como millones de obreros, estudiantes, profesionales, miembros de la clase media, en todo el mundo, siguieron a Marx; pero lo hicieron, dice, no por haber leído El Capital o sus escritos económicos y filosóficos, sino por su “calidad humana” −para muchos en duda−, el verbo encendido de sus voceros y la falaz intuición de que allí podía haber el germen de una doctrina para luchar contra la opresión mercantilista. En sus propias palabras podemos leer: “…los mejores revolucionarios socialistas no surgieron de las masas desposeídas sino de la burguesía y la aristocracia. Con raras excepciones, nunca han resultado los «hijos del pueblo»: casi siempre son resentidos que han llegado al movimiento revolucionario impulsados por sentimientos inferiores.” (Heterodoxia. 1941. Edic. Alianza, 1973, Pág. 205 de la edición digital)

Lenin, que vivió por muy poco tiempo después de tomar el poder, pero sobre todo Stalin, Mao y Castro, (algunas adulteraciones, sobrevivieron con mejor éxito a las obras originales) se encargaron de convencer al mundo, nos dice Sábato, de que la “otra intuición” era la verdadera, la de que allí lo que había era el germen de una opresión peor.

Así, una doctrina que debió sucumbir en el siglo al siglo XIX y principios del XX, revive hoy; pues, como sabemos, los siglos no terminan al mismo tiempo para todos y, por desgracia, deambulan por nuestros tiempos, del siglo XXI, habitantes del siglo XIX, como también dijo una vez Ernesto Sábato. (Hombres y Engranajes. 1941. Edic. Alianza, 1973)

Este mismo autor, Sábato, nos dice que, en el marxismo, el comunismo, el fascismo, el nazismo, etc. como en todo movimiento “religioso” −tanto él como Brown, comparan estos movimientos con una “religión” −, hay que “creer para ver” y nadie se aleja o se acerca a este tipo de fenómenos por motivaciones meramente intelectuales. No nos engañemos, dice, las doctrinas antihistóricas están condenadas al fracaso, pero pueden hacer mucho daño en sus “andaduras” e intentos de implantación y degenerar en cosas peores; por lo tanto, agrego yo, no nos crucemos de brazos hoy, pero tampoco ayudemos a revivir estos totalitarismos.

Polarización y populismo.

Cuando se polarizan las cosas colocando de un lado a los “comunistas”, para muchos lo lógico es que del otro lado se ubiquen los anticomunistas, y bien sabemos que estos dos extremos por lo general se tocan, como dice el refrán popular. Tan peligrosa es una dictadura de izquierda, como una de derecha, discusión reciente en varios grupos de redes sociales. Para un demócrata hay pocas diferencias prácticas, o ninguna, entre un Castro y un Pinochet o un Franco. Nunca fue más cierta la famosa frase, con las que abren el Manifiesto Comunista sus autores y que es la parte que todos recordamos: “Un fantasma recorre Europa…”; pero, paradójicamente, resultaron proféticas también las palabras de Marx y Engels con las que continúan la frase y que recordamos menos: “Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar ese fantasma...”.

Este fenómeno que aterrorizó a Europa y al mundo durante casi un siglo, es hoy un verdadero fantasma; mal negocio sería que estemos contribuyendo a revivirlo... y algunos lo están haciendo, reeditando con el populismo, al neofascismo y el neonazismo y resucitando al vetusto comunismo, sepultado con la caída de la Unión Soviética y el Muro de Berlín. Pueblos enteros siguen lo que son claras promesas demagógicas y populistas que los líderes del momento no tienen empacho en formular… y luego en olvidar, cuando llegan al poder.

Anti populismo y antipolítica.

Quienes nos educamos en un colegio católico y tuvimos o tenemos a nuestros hijos en la educación católica, de alguna forma demostramos que creemos en que las grandes transformaciones de la humanidad han partido de un acto de fe y una visión ética del mundo; pero, para combatir tendencias enarboladas por quien tiene todos los recursos del estado a su favor, no nos basta con la fe y esa visión ética, debemos también, estar informados y organizados.

Pero, no nos llamemos a equívocos, en la era de la “antipolítica”, que a tantos seduce, en la sociedad civil tenemos muchas cosas que nos diferencian de los partidos políticos, pero hay una que es fundamental y es que en las organizaciones de la sociedad civil no nos planteamos que el objetivo de nuestra actuación sea alcanzar el poder político. Los que quieran trabajar para sacar del poder a sus actuales gobernantes, solo será eficaz hacerlo desde un partido político.

Conclusión.

Cada cosa en su sitio; nuestra tarea −si alzamos las banderas de sociedad civil− es contribuir a construir la red social sobre la que descanse una verdadera nueva sociedad, en donde los partidos políticos son un elemento esencial. ¿Cuáles partidos?, ese es el problema a resolver.

 https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

domingo, 3 de marzo de 2024

Vistazo al Totalitarismo (I). Ismael Pérez Vigil. Politólogo, 2 de marzo de 2024

 


Vistazo al Totalitarismo (I).

Ismael Pérez Vigil


Inicio el mes de marzo, final del primer trimestre del año, con una digresión del tema político-práctico, e incursiono en un tema más de orden conceptual-teórico. Ante el auge y resurgimiento del autoritarismo, la autocracia y el totalitarismo en diversas partes del mundo, se impone una reflexión al respecto; comparto la mía, en la cual me dejo llevar de la mano por algunos autores, muy disímiles entre sí −como el psicólogo social J.A.C. Brown, el escritor Ernesto Sábato y otros−, cuyas ideas interpreto y resumo libremente. Los invito a esa reflexión.

Cambios revolucionarios.

No cabe duda que el país ha venido sufriendo un cambio político importante, que algunos osados califican de “revolucionario”; pero ese es un término, hoy día, muy vago y que se presta a muchas interpretaciones. Brown, por ejemplo, describe diversos tipos de revoluciones, pero yo solo ejemplificaré dos: una, la ruptura violenta de un orden social determinado y su forma de gobierno −como por ejemplo las revoluciones francesa y rusa−; la otra, es una situación más profunda, que se caracteriza por un cambio en el orden social, en las instituciones fundamentales, en las relaciones económicas, en las clases sociales y en las formas de organización de la sociedad, como ocurrió por ejemplo con la Revolución Industrial y como seguramente está ocurriendo hoy con la Revolución Informática, que vivimos o sufrimos, cuyos efectos aun no terminamos de comprender. Eso significa, para Brown, que, a la larga, toda revolución, para que sea tal, debe producir una modificación en el conjunto de actitudes, valores y costumbres de la sociedad.

Pero no estoy seguro de que eso es lo que nos pasó −o nos está pasando− a nosotros; y, por eso, adelanto una explicación o hipótesis en el sentido de que lo más importante de lo que nos ha ocurrido a nosotros es más bien una dilución de algunas instituciones de la sociedad y el estado de derecho: los partidos políticos, el antiguo Congreso bicameral, pérdida de credibilidad en la justicia y en el Poder Judicial, pérdida de autonomía del poder ciudadano, fin de la descentralización y de la autonomía de los poderes locales, etc.

Sin duda cambió también, de manera notoria, por las buenas y las malas, la élite dirigente; los grupos en el poder. Cambio también algo −pero solo algo− la forma en que los actores económicos, los empresarios, se relacionan con el poder −que se debieron mantener en el “centro” político y no ha sido así− lo que traerá indeseable consecuencias; y sobre todo, ha cambiado también la “forma” de algunas instituciones, los nombres y los personajes que las conducen. Pero no ha habido, y es lo verdaderamente lamentable, es un cambio en algunos de los “valores” −más bien contra valores−, ni de las actitudes, ni de las formas como algunas personas −más de las deseables− se relacionan entre sí, con los demás, con la sociedad, con la economía, con el Estado.

Sin cambio de valores.

Algunas “estructuras” básicas de esos “contravalores” de la sociedad permanecen lamentablemente intactas. La gente sigue esperando un milagro, un Mesías, ganarse la lotería −pues ya no el 5 y 6−, un aumento mágico de los precios del petróleo para un nuevo auge del estado populista −al que llaman “generoso” − que continúe dispensando dinero a manos llenas, etc. Y como eso no ocurre, algunos comienzan a ponerse nerviosos porque sabemos que, como decía J.A.C.  Brown: “…cuando los pueblos están dispuesto a hacer un movimiento de masas, suelen realizar cualquier movimiento que tenga posibilidades de resultar efectivo…” (Técnicas de Persuasión, Editorial Alianza, Edic. 2004, pág. 129) −ahora en mis palabras− esos “movimientos” pueden ser en cualquier dirección, no necesariamente en la dirección que desee o lo indique una determinada ideología, doctrina, programa o líder inspirador inicial.

Ideologías totalitarias.

En la situación que vivimos, las enseñanzas de Brown son particularmente aleccionadoras −por eso las traigo a colación, después de más de 20 años en que lo hice por primera vez, en un escrito similar, publicado entonces en Analitica.com, cuya referencia ya ni siquiera tengo− pues señala este autor que las ideologías totalitarias, sean marxistas, fascistas o nazis, aunque opuestas en contenidos intelectuales, son muy similares en cuanto a que ejercen un atractivo, emotivo, muy poderoso en todos aquellos que se sumergen encantados −en toda la extensión de esa palabra− en los movimientos de masas y se someten fácilmente a una autoridad superior. Todos los movimientos de masas, agrega Brown, reclutan sus seguidores en los mismos grupos humanos y atraen personalidades similares; por eso, cuando uno de ellos crece, por lo general lo hace a expensas del decrecimiento de los otros, sonsacándoles sus miembros y por eso es que sus militantes son intercambiables y suelen transformarse, de un partido o movimiento, en otro cualquiera. Así vemos hoy social demócratas y social cristianos, devenidos en “revolucionarios” −de la modalidad de la que he hablado− y algunos, arrepentidos, están ya de regreso, como si nada hubiera ocurrido.

Además, nos asegura Brown, y nos demuestra, como un movimiento de masas de carácter religioso, fácilmente se convierte en uno social o nacionalista y todo movimiento social se puede transformar fácilmente en un movimiento nacionalista o de carácter religioso. Las experiencias históricas abundan y en países culturalmente disímiles; desde Turquía, hasta Inglaterra, las revoluciones sociales se convirtieron en nacionalistas o movimientos religiosos. Lo hemos visto más recientemente en países árabes o de influencia musulmana, donde algunas “revoluciones” de inspiración supuestamente democrática o “liberal” han fracasado y devenido en su opuesto, de carácter mucho más teocrático y tiránico.

Iglesia, Familia y educación en totalitarismo.

Por esta razón, aunque algunos se sorprenden, hay animadversión y agresiones del totalitarismo hacia la Iglesia −todas ellas− la familia y la educación; nos asegura Brown, que cuando un movimiento político de masas o un partido tiene en sus raíces, en su génesis, la semilla totalitaria, como necesariamente tiene que competir con otros movimientos y sus exigencias de lealtad para captar adeptos, termina oponiéndose a la religión y a la familia y trata de manipular la educación, pues esas son las agrupaciones u organismos sociales que tienen las emociones más profundamente enraizadas. Los nazis alemanes, los fascistas italianos, los nacionalistas turcos, los revolucionarios franceses, los comunistas rusos, los maoístas, son o fueron antirreligiosos e intentaron substituir la religión con su propia ideología.

Otro fenómeno que nos explica este autor, es que, paradójicamente, estos movimientos tienen éxito, no en donde hay más pobres, pues si así fuera, toda Asia, África y gran parte de América Latina estarían bajo uno de estos regímenes, desde hace mucho tiempo y no solo por “temporadas”. Su éxito no es proporcional a la miseria y al descontento por este motivo, afirma Brown, sino que triunfan en donde hay más resentidos, repudiados, frustrados, grupos minoritarios o socialmente inadaptados, que suelen seleccionar sus líderes, no entre los que están teóricamente más preparados, sino entre aquellos que mejor reflejen sus sentimientos y aspiraciones momentáneas.

Conclusión.

Para no abusar de la paciencia de mis lectores, en un tema menos dinámico que la política, continuare esta reflexión la próxima semana, con lo que nos dice Ernesto Sábato sobre este tema.

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