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viernes, 9 de noviembre de 2018

No Podrán… por @jrhernandez381


Por Rafael Hernández


Muchas veces, voceros de la calle, fuentes de las redes sociales o –incluso- analistas sesudos, sostienen una hipótesis negativa: “aquí lo hemos hecho todo y –a pesar del esfuerzo desplegado– un sistema tan negativo para el país, con tan pésimos resultados en los servicios públicos, tan nefasto para la vida cotidiana de los venezolanos, se mantiene; son expertos –en eso- mantenerse en el poder”

Frente a un análisis tan definitivo, con consecuencias directas para la vida ordinaria de todos (menos los enchufados), para muchos las salidas son emigrar o bajar la cabeza haciendo lo que se nos ordene desde un gobierno con menos del 15% de popularidad.

No es posible asumir ese análisis, mucho menos las consecuencias directas.

En otros países, donde sistemas autoritarios y sin relación con lo ordinario y las consecuencias para sus ciudadanos se instalaron lo lograron porque no había cientos de miles de personas, todos los días, gestionando actividades vinculadas a lo social, a lo ordinario, mucha gente, haciendo cosas.

Escojamos algunos sectores y procuremos realizar una evaluación de estos esfuerzos:

Alimentación

Miles de esfuerzos se realizan para logran un mejor abastecimiento, desde iniciativas de varias familias por adquirir al mayor algunos alimentos hasta un Movimiento Cooperativo Venezolano que a pesar de las dificultades, a pesar de un contexto adverso promueve salidas en el abastecimiento.

martes, 6 de febrero de 2018

"La mentira y la transformación del Estado" por @AngelOropeza182



Por: Ángel Oropeza. Opinión.
Caracas, 5 de febrero de 2018.

Aunque hay varias que le pelean el título, quizás la característica más resaltante del madurismo como modo de dominación siempre ha sido la mitomanía, esa tendencia psicológica recurrente y patológica a la mentira y a la seudología fantástica. Sus principales figuras son una muestra icónica del lamentable arte de la fabulación y el torcimiento de la realidad a su favor. La lista de sus invenciones y farsas es tan larga y tan florida que no solo se han ganado con sobrados méritos el triste calificativo de los gobernantes más mentirosos en la historia venezolana, sino que su tendencia al engaño y al fingimiento son además objeto de estudio en investigaciones de psicología social contemporánea.

La mentira de los poderosos ha sido ampliamente analizada por la psicología política. Desde La República de Platón, pasando por Maquiavelo y Goebbels (“una mentira repetida suficientes veces acaba convirtiéndose en una verdad”), hasta los trabajos de Hannah Arendt sobre el uso de la mentira en la manipulación de las masas.

En 1733, el escritor irlandés Jonathan Swift elaboró una interesante clasificación en su obra El arte de la mentira en política. Para Swift, existen 3 grandes tipos de mentiras: la de aumento, la de maledicencia y la de traslación. La primera consiste en asignarle a un gobernante mayores cualidades y virtudes de las que realmente tiene; la mentira de maledicencia o mentira difamatoria es la que arrebata a una persona, por razones de venganza o cálculo político, la reputación que se ganó justamente, mientras que la mentira de traslación es la que transfiere falsamente el mérito de una buena acción de un hombre a otro, o por la que se quita la responsabilidad de una mala acción a quien la cometió para transferirla a otro, de nuevo por razones de conveniencia política. Aunque Swift no llegó nunca a conocer a Maduro ni a ninguno de los oligarcas del oficialismo, su tipología describe con asombrosa actualidad y vigencia las formas preferidas de relación y comunicación de nuestra clase política gobernante.

La mentira no es solo un intento de ocultar las propias debilidades y carencias. En política, la mentira es un acto de corrupción. Al ocultar o falsear la verdad, el poderoso agrede al ciudadano porque le impide la información que necesita para planificar su actuación social y para conducirse como homo politicus –esto es, en su relación con otros y con al poder– sobre criterios de equidad y veracidad. En este sentido, como afirma el escritor español Xavier Caño, la mentira en política es una degeneración de la democracia, porque trunca el derecho del pueblo a decidir sobre lo político con justicia, discernimiento y acierto.

Si alguien quisiera hacer un “ranking” de las mentiras más conspicuas de nuestra actual oligarquía roja, tendría frente a sí la difícil tarea de organizar un caudal tan inmenso de ejemplos para escoger. Desde el “vamos a mantener el dólar a 6,30 durante todo el año y más allá” (Maduro, enero 2014), pasando al “Venezuela tiene comida suficiente para alimentar a 3 países” (Delcy Rodriguez, mayo 2016), hasta “el tengo pruebas concretas de que Estados Unidos está presionando a la oposición para que no firme un acuerdo” (Maduro, enero 2018) o el más reciente “hemos firmado un preacuerdo entre las partes” (Jorge Rodriguez, 31 de enero), la colección de mentiras es interminable.

En De civitate Dei, san Agustín explica cómo lo que diferencia el Estado de “una banda de ladrones a gran escala” está fundamentalmente en el manejo de la justicia y del derecho. Y Hanna Arendt, en esta misma línea, afirma que la política desligada de la verdad termina convirtiendo el Estado en una maquinaria que destruye el derecho y la justicia. La mentira, por tanto, no es ni una “travesura” ni un asunto de “estilos de personalidad” de los gobernantes: es una forma intencional de hacer política, que al acabar con la justicia, el derecho y la verdad, ha transformado el Estado en lo que san Agustín alertaba como el gran peligro.