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sábado, 5 de mayo de 2018

Articulando la ebullición, por @AngelOropeza182 @PolitikaUCAB



Por: Politika UCAB, Ángel Oropeza.
Caracas, 30 de abril de 2018.

“Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos”. Apuleyo

Venezuela está en ebullición. Todos los días hay decenas de protestas ciudadanas y expresiones populares de descontento frente a la grave crisis que padecemos. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social registró en su último reporte 2.414 protestas de enero a marzo de 2018, lo que equivale a un promedio de 26 protestas diarias. Esta cifra representa un incremento de 93% en comparación con el mismo período del año pasado.

Frente a esta situación, los culpables de la tragedia que provocan estas protestas no solo niegan que ella exista, sino que se proponen además agravarla y eternizarla mediante su perpetuación fraudulenta en el poder. Por ello, necesitan acallar las voces e invisibilizar el legítimo descontento de la gente. Nuestro deber como venezolanos, por el contrario, es visibilizarlo y multiplicar su impacto. Porque lo que está en juego es la vida, y Venezuela merece vivir. 

jueves, 5 de abril de 2018

La pregunta mal formulada por Ángel Oropeza @AngelOropeza182



Por: Ángel Oropeza.
Caracas, 2 de abril de 2018.

En estos días de búsqueda desesperada de respuestas que conduzcan a la superación de nuestra tragedia humanitaria, y ante la coyuntura inventada por el gobierno para el próximo mes de mayo, alguna gente se pregunta, con legítima angustia: ¿Qué hacemos, votamos o no votamos?

La pregunta es impulsada no solo por la necesidad imperiosa que la mayoría del país siente de acabar cuanto antes con el gobierno de Maduro, cuya irresponsabilidad, indolencia y corrupción es la causa de la crisis que sufrimos los venezolanos, sino además porque nuestra tradición y reservas democráticas, las mismas que sobreviven a la invasión cultural autoritaria, nos llevan por lógica a buscar en el voto la resolución efectiva de los conflictos.

Si lo del 20 de mayo próximo fuese una elección, claro que habría que votar. El problema es que no lo es. Las cosas se definen por su naturaleza, no porque alguien las llame de cualquier forma. Una cebolla no se convierte en manzana porque a alguien se le ocurra llamarla así. Para ser una manzana necesita tener ciertas características y propiedades que la distinguen de otras cosas. De igual forma, una “elección” requiere de ciertas condiciones y requisitos para ser considerada como tal, los cuales –en el caso venezolano– se encuentran claramente establecidos en la Constitución y en la Ley orgánica de procesos electorales. Si esas condiciones y requisitos no existen, estamos ante cualquier cosa pero no ante una elección.

Lo del 20 de mayo es simple. Sabiendo que la inmensa mayoría del país quiere que se vayan, los culpables de la crisis no se atreven a medirse en una elección de verdad. Pero no pueden correr el riesgo de simplemente no hacerla. El costo deslegitimador sería insoportable, no solo ante los venezolanos y la comunidad internacional, sino frente a su base militar de sostén, el único apoyo real que les mantiene. La sociología militar venezolana nos enseña que el estamento castrense necesita y exige que su comandante en jefe haya sido electo por el pueblo. Y ante la imposibilidad de poder consultar al pueblo, pues ello significaría su salida del poder, el régimen necesita inventar un simulacro y disfrazarlo de elección, con la esperanza de engañar sobre todo a los integrantes de la Fuerza Armada.

El pasado mes de marzo, la Unidad Democrática envió una carta pública a Maduro, en la cual le recordaba los requisitos mínimos para que exista una elección verdadera, y lo retaba a aceptarlas. Si ello llegase a ocurrir, la Unidad está lista para participar en esa elección. ¿Cuáles son esas condiciones que el gobierno por miedo se niega a cumplir? Mencionemos solo algunas: la conformación de una misión de observación internacional calificada para todo el proceso; el inicio del cronograma electoral solo a partir de la instalación de dicha misión de observación; fijación de una fecha para la elección que permita la realización de las auditorias técnicas de ley; proceder a la designación expedita y acordada de dos rectores nuevos del CNE; acceso equilibrado tanto en los medios privados como en los públicos; apertura y actualización del REP, tanto dentro como fuera del país; permitir la votación libre de los venezolanos en el exterior; prohibición de la utilización de medios de identificación distintos a los establecidos en la ley; establecimiento de un protocolo para la auditoría de la huella dactilar con supervisión internacional; y prohibir la coacción al votante a través de la figura del “voto asistido” más allá de los casos que prevé la ley.

Si estas condiciones mínimas no se cumplen –y no se han cumplido– lo que el gobierno prepara no es una elección. Entonces, el dilema no es votar o no. El deber de los demócratas es deslegitimar el show del 20-M, y una de las formas es organizándonos, reforzando los vínculos entre los sectores sociales y políticos para generar la fuerza y las actividades que hagan inútil la pretensión fraudulenta del gobierno de eternizar la crisis y perpetuarse de espaldas al pueblo.

Tomado de: http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/pregunta-mal-formulada_228936

martes, 6 de febrero de 2018

"La mentira y la transformación del Estado" por @AngelOropeza182



Por: Ángel Oropeza. Opinión.
Caracas, 5 de febrero de 2018.

Aunque hay varias que le pelean el título, quizás la característica más resaltante del madurismo como modo de dominación siempre ha sido la mitomanía, esa tendencia psicológica recurrente y patológica a la mentira y a la seudología fantástica. Sus principales figuras son una muestra icónica del lamentable arte de la fabulación y el torcimiento de la realidad a su favor. La lista de sus invenciones y farsas es tan larga y tan florida que no solo se han ganado con sobrados méritos el triste calificativo de los gobernantes más mentirosos en la historia venezolana, sino que su tendencia al engaño y al fingimiento son además objeto de estudio en investigaciones de psicología social contemporánea.

La mentira de los poderosos ha sido ampliamente analizada por la psicología política. Desde La República de Platón, pasando por Maquiavelo y Goebbels (“una mentira repetida suficientes veces acaba convirtiéndose en una verdad”), hasta los trabajos de Hannah Arendt sobre el uso de la mentira en la manipulación de las masas.

En 1733, el escritor irlandés Jonathan Swift elaboró una interesante clasificación en su obra El arte de la mentira en política. Para Swift, existen 3 grandes tipos de mentiras: la de aumento, la de maledicencia y la de traslación. La primera consiste en asignarle a un gobernante mayores cualidades y virtudes de las que realmente tiene; la mentira de maledicencia o mentira difamatoria es la que arrebata a una persona, por razones de venganza o cálculo político, la reputación que se ganó justamente, mientras que la mentira de traslación es la que transfiere falsamente el mérito de una buena acción de un hombre a otro, o por la que se quita la responsabilidad de una mala acción a quien la cometió para transferirla a otro, de nuevo por razones de conveniencia política. Aunque Swift no llegó nunca a conocer a Maduro ni a ninguno de los oligarcas del oficialismo, su tipología describe con asombrosa actualidad y vigencia las formas preferidas de relación y comunicación de nuestra clase política gobernante.

La mentira no es solo un intento de ocultar las propias debilidades y carencias. En política, la mentira es un acto de corrupción. Al ocultar o falsear la verdad, el poderoso agrede al ciudadano porque le impide la información que necesita para planificar su actuación social y para conducirse como homo politicus –esto es, en su relación con otros y con al poder– sobre criterios de equidad y veracidad. En este sentido, como afirma el escritor español Xavier Caño, la mentira en política es una degeneración de la democracia, porque trunca el derecho del pueblo a decidir sobre lo político con justicia, discernimiento y acierto.

Si alguien quisiera hacer un “ranking” de las mentiras más conspicuas de nuestra actual oligarquía roja, tendría frente a sí la difícil tarea de organizar un caudal tan inmenso de ejemplos para escoger. Desde el “vamos a mantener el dólar a 6,30 durante todo el año y más allá” (Maduro, enero 2014), pasando al “Venezuela tiene comida suficiente para alimentar a 3 países” (Delcy Rodriguez, mayo 2016), hasta “el tengo pruebas concretas de que Estados Unidos está presionando a la oposición para que no firme un acuerdo” (Maduro, enero 2018) o el más reciente “hemos firmado un preacuerdo entre las partes” (Jorge Rodriguez, 31 de enero), la colección de mentiras es interminable.

En De civitate Dei, san Agustín explica cómo lo que diferencia el Estado de “una banda de ladrones a gran escala” está fundamentalmente en el manejo de la justicia y del derecho. Y Hanna Arendt, en esta misma línea, afirma que la política desligada de la verdad termina convirtiendo el Estado en una maquinaria que destruye el derecho y la justicia. La mentira, por tanto, no es ni una “travesura” ni un asunto de “estilos de personalidad” de los gobernantes: es una forma intencional de hacer política, que al acabar con la justicia, el derecho y la verdad, ha transformado el Estado en lo que san Agustín alertaba como el gran peligro.