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martes, 1 de mayo de 2018

Crónicas Migratorias | Amores perros, Perro amor, por @ElPitazoTV



Por: El Pitazo, Andreína Mujica.
Caracas, 29 de abril de 2018.

Conquistábamos el mundo con tan sólo atravesar el Parque Henri Pittier: Llegar a Puerto Colombia era casi tan emocionante como pisar la luna y tan sólo era un fin de semana más en Choroní. El sabor del mar era sabor a casa, a juventud, a fin de semana libre en el periódico y juegos de baile y amor en el malecón.

Normalmente hacemos excursiones, subir la montaña de Playa Grande, bañarnos en el río o nadar en el mar buscando cuevas des-(conocidísimas). El señor Karl, alemán, negro como pluma de gaviota, autóctono del pueblo de al lado (en Frankfurt ) nos trataba como hijos y nosotros a él como a un padre, de esos chéveres que ves el fin de semana y compartes lo mejor de ambas existencias.

El día rinde en la costa venezolana, apenas es sábado y queda casi toda la tarde y la noche por descubrir nuestro futuro. Toda la vida he sufrido de varias manías: una es la fotografía, la otra la playa, o peor aún es un tema con el agua. Cuanto charco me consigo ahí me lanzo. Sí, he caído en pantanos por tirármelas de Marino y la patrulla oceánica, (millenials, por favor, googleen).

Decidí quedarme como guardacosta en la orilla, mientras el grupo se dividía sabrosamente en: comprar cosas para la aventura de la noche y beberse todo lo que conseguían en el día. Era sábado y los tambores se preparaban, todos lo hacíamos, es el momento propicio para tomar un rato ante el dios Sol y su manto de arena. Buscando cosas divertidas o que se me antojasen indispensables para respirar, caminaba cámara en mano con la miradita inquieta. Es casi como pescar guacucos, en la abundancia marina se te caen de las manos, pero puedes llegar a encontrar desde un morocho (gemelo) hasta esos guacucos mamás con la cubierta llena de hijitos; todo eso me lo decían mis padres, expertos no tanto en fauna como en vongole.


Casi dos décadas después hoy me encuentro atravesando el Canal de la Mancha después de 8 años viviendo fuera de mi país y sé que este cuerpo no pertenece a estos mares, que la sal sabe diferente y que el ferry no me lleva a Margarita.

Finalmente, veo unos perritos de playa, esos que uno denominaba «cacri» perro de mar, jugando, saltando, mordiéndose de puro amor, en un click te cambia la vida.

Por aquellos tempranos 2000, la película Amores Perros del mexicano Alejandro González Iñárritu aparecía en la pantalla de los cinéfilos del planeta, se presentaba junto a un súper joven Gael García Bernal (Ay Jalisco, no te rajes) y la cantante Julieta Venegas como de 15. Para remate quedaba la estela del recuerdo de una colombiana guapísima, Perro Amor, de un par de años antes. Era tiempo de mucha producción de novelas, Colombia, Venezuela y Brasil a la cabeza de la industria y, por supuesto, Venezuela batía récords. Teníamos talento, trabajo, guionistas, buenos viejos y jóvenes artistas, era muy parecido a eso que llaman democracia y progreso.

Agreguemos el mes de febrero, en unos días llegaría el 14, Día de los Enamorados, todo cayó por azar, la cámara en mano, la playa donde tenía que estar (no había llegado el militarismo férreo que hasta eso querría cambiar, de ser posible secar). Vuelta al mar, una pareja jugueteaba cerca de los ya felices caninos, ese día supe que se me podía caer la mano, esguinzar el hombro, pero yo me quedaba ahí, pegada, esperando el buen click, porque no sólo los caninos tienen olfato, y algo bueno iba a suceder: perros y humanos consagrados a imagen y semejanza de ellos mismos.

Llegaría el lunes, porque ese siempre llegaba, pero el trabajo me encantaba y todavía eran tiempos de película, en todos los sentidos, tanto el país como mi cámara eran de película. Hice el escaner del negativo y las fotos quedaron en el sistema. Oh sorpresa, los perros consiguieron una foto en primera y yo gané como fotógrafo del mes en el periódico.

Casi dos décadas después hoy me encuentro atravesando el Canal de la Mancha después de ocho años viviendo fuera de mi país y sé que este cuerpo no pertenece a estos mares, que la sal sabe diferente y que el ferry no me lleva a Margarita. Busco entre franceses y británicos amigos de la universidad, añoro pasarme del ferry a un peñero y que el viento sea suave y cálido, y esto tampoco tendrá el resultado soñado, pero en la película de mi vida no hay olvido posible.

Tomado de: https://elpitazo.com/opinion/cronicas-migratorias-amores-perros-perro-amor/

La necesidad de reacciona, por @PolitikaUCAB



Por: Politika UCAB, Miguel Ángel Martínez Meucci.
Caracas, 27 de abril de 2018.

¿Hasta qué punto puede caer un país? ¿Cuán malas se pueden poner las cosas para toda una sociedad? Estas son, probablemente, preguntas que todo venezolano, así como toda persona que conoce o se interesa por Venezuela, se hace hoy día. Con seguridad la mayoría es ahora más pesimista que hace unos años, dado que para muchos la situación actual resultaba inconcebible. Ahora, cuando el peso de las evidencias resulta abrumador, es más difícil que nunca la tarea de cambiar el rumbo de una nación que se ha enfilado hacia el abismo.

Las consecuencias de resultar negativamente sorprendidos por esta debacle van más allá de lo tangible. No sólo está mucha gente incapacitada para afrontar materialmente la crisis actual, sino que además resulta difícil el mero hecho de existir, de estar ahí, de vivir mientras se contempla todo lo que pasa y se trata de entenderlo. Las reacciones son tan variadas como lo es el género humano, pero predominan la tristeza y la desazón, sin excluir a quien todavía confunde negación con esperanza, quien persiste en hacer lo mismo que hasta ahora (lo cual, a veces, significa no hacer nada) porque encuentra en esa obstinación el consuelo que echa en falta.

Pero ante todo lo anterior es preciso reaccionar. El hecho de que el camino esté lleno de dificultades no anula la necesidad de recorrerlo. Optar por la vida significa aceptar el reto de superar todos sus obstáculos. Al fin y al cabo, la vida nos ha sido dada sin garantías y nos corresponde hacer de ella algo digno, no sólo de ser vivido, sino también de ser recordado. No obstante, para ello hace falta comprender, de modo realista, el mundo en el que nos movemos. Mientras que la depresión resulta fatal, la negación sólo sirve para escurrir el bulto, evitar cambiar y diferir las respuestas oportunas.

En nuestro contexto, una respuesta oportuna pasa por intentar conocer la naturaleza del problema y no descartar de entrada escenarios que pudieran parecernos inauditos. La realidad actual sobrevino, en buena medida, como resultado de la negación de este escenario, considerado inaceptable y ofensivo para el sentido común. Se argumentaba que “los venezolanos no somos así”, “eso es imposible” y otras fórmulas por el estilo, más ancladas en el wishful thinking que en un análisis fundado en el examen de variables, procesos y elementos clave. Está claro que la realidad siempre nos supera, que no podemos predecir el futuro y que todo análisis no es más que una precaria guía, pero aun así es mejor contar con ella que basar nuestras previsiones en nuestros meros deseos y prejuicios.

La historia nos demuestra que todo es posible, razón por la cual no es prudente decir: “esto no pasará”. En tal sentido, la imaginación juega un rol fundamental a la hora de pensar el futuro. Sólo la imaginación nos permite tener una idea de cómo pudiera evolucionar la realidad, especialmente cuando ésta atraviesa una coyuntura crítica. ¿Y qué nutre ese tipo particular de imaginación? Un cierto conocimiento de realidades extremas que no nos resultan próximas y que, por ende, no han solido ser fundamentales en la conformación de nuestro sentido común. Esas realidades aparentemente exóticas, no obstante, han sido también realidades humanas y en tanto la naturaleza humana no cambia con facilidad, todas nos ayudan a imaginar el futuro.

Personalmente, debo decir que a lo largo de los últimos veinte años, entre las personas que he podido conocer, quienes mejor se imaginaron la situación actual no fueron por lo general los grandes conocedores de nuestra historia nacional, sino emigrados cubanos y centroeuropeos, así como algunos compatriotas que por alguna razón vivieron o conocieron de cerca los totalitarismos del siglo XX. Las experiencias relacionadas con la barbarie nazi o el régimen soviético, mucho más que las vicisitudes del Liberalismo Amarillo, parecen haber ofrecido pistas adecuadas para entender de qué iba el régimen instaurado por Hugo Chávez.

Pero, al mismo tiempo que a través de la imaginación nos (re)presentamos las condiciones de posibilidad de una eventual realidad futura, también es necesario pensar en las probabilidades. Contemplar algo como posible no quiere decir que lo consideremos probable. En tal sentido, la probabilidad de que un escenario se materialice estará vinculada a aquellos elementos y procesos que consideremos fundamentales para ello. Así, por ejemplo, las probabilidades de llegar al punto actual lucían ciertamente escasas hace unos cuántos años, pero el presente escenario no debía descartarse en la medida en que los elementos y procesos que conducían al mismo prevalecían por encima de otros que hubieran derivado en direcciones distintas. De ahí la importancia de identificar adecuadamente los elementos y procesos realmente pertinentes en cada caso.

En el caso de la Venezuela actual, dichos elementos y procesos fundamentales tenían que ver con una absoluta concentración de poder, la cual se produjo a través de una dinámica similar a la que marcó la evolución de los sistemas totalitarios. En la medida en que nada truncaba esa evolución, la probabilidad de dirigirse hacia un resultado similar a los que tuvieron lugar en esos regímenes sólo podía incrementarse. Y así hemos llegado hoy a situaciones que mucho nos recuerdan a las que en su momento sufrieron sociedades como la ucraniana, la china, la camboyana, la norcoreana o la cubana. Cualquier análisis de la actualidad venezolana pasa por contemplar la posibilidad de que nuestra población atraviese, de modo inminente, una hambruna como las registradas en dichos países, razón por la cual vale la pena recordarlas.

El holodomor ucraniano (Голодомор, “matar de hambre”) sobrevino entre los años 1932 y 1933 como consecuencia de las políticas de colectivización y expropiación de tierras que adelantó Stalin en ese país, cuyo territorio fue considerado durante muchos años como el verdadero granero de Europa oriental. Persisten las polémicas en torno a las razones que llevaron a la muerte por inanición a un número de personas difícil de determinar (desde 1 a 5 millones), polémica sostenida entre quienes lo niegan o consideran un “daño colateral” del comunismo y quienes lo asumen como una política deliberadamente genocida. Pero en todo caso, el temor de los ucranianos (al menos de los occidentales) a la dominación rusa permite explicar que no hayan escatimado esfuerzos en 2004 y 2013 a la hora de sacudirse a los títeres que Moscú promovió para la presidencia de su país. En su tiempo, Stalin no les dio la menor oportunidad para una respuesta semejante.

Resultados similares obtuvo Mao Tse Tung durante la Revolución Cultural (1966-1976) en la China comunista. Nuevamente fueron políticas de controles asfixiantes, centralización económica y expropiación sistemática las que obligaron a morir por hambre a millones de personas (hasta 35 millones según algunas fuentes). El campesinado fue sometido a una serie de políticas absurdas de las que no pudo zafarse, viéndose condenado a morir lentamente de inanición. Algo tan brutal como lo que ocurrió poco después en Camboya (1975-1979), donde los jemeres rojos forzaron a buena parte de la población urbana y ciertas minorías étnicas a trasladarse al campo para trabajar en cultivos dirigidos por una planificación centralizada que tampoco rindió los frutos esperados (¿o sí?). Alrededor de un 25% de la población murió de hambre en este nuevo experimento comunista.
Foto: Cadena Ser

Los fracasos anteriores no impidieron que los regímenes de la dinastía Kim, en Corea del Norte, y de Fidel Castro en Cuba, sobrevivientes de la debacle del comunismo, condenaran a sus pueblos a sufrir severas penalidades una vez que Rusia, ya desmoronado el régimen soviético en la década de los 90, dejara de subsidiarlos. Hasta dos millones de coreanos (200.000 según el régimen) pudieron haber fallecido por inanición, mientras que los cubanos atravesaron el llamado “periodo especial” durante el cual las restricciones alimentarias llegaron a un extremo dantesco. Tal como ha quedado demostrado por diversos estudios, este tipo de hambrunas y carestías colosales sólo se producen bajo regímenes totalitarios o en sociedades devastadas por guerras prolongadas, nunca en sociedades democráticas. Ninguno de dichos regímenes abandonó el poder por vía electoral.

El régimen que impera en la Venezuela actual tampoco es democrático y también pone en riesgo la supervivencia de la población. El hecho de que no sólo no reaccione ante esta debacle, sino que además la siga propiciando, debería permitirnos comprender que hemos llegado a una fase muy distinta a las anteriores. Esto se percibe ya con absoluta claridad fuera del país, a juzgar por el asombroso consenso que la comunidad democrática internacional ha alcanzado con respecto a la situación venezolana. Asombroso por lo unánime del mismo y por la profundidad del compromiso, en virtud del cual se desconocen de antemano los resultados de la “elección” del 20 de mayo. Los gobiernos de naciones como Estados Unidos, España, Colombia, Argentina o Chile, al igual que la secretaría general de la OEA, están de acuerdo en que las condiciones actuales no permiten resultados distintos a los que se plantea el régimen. Al mismo tiempo, el éxodo descontrolado de venezolanos se ha convertido en un problema regional, mientras que las evidencias de las vinculaciones del chavismo y sus militares con el crimen transnacional propician una respuesta cada vez más unánime al respecto. La crisis venezolana es, pues, percibida como algo absolutamente terrible y extraordinario.

¿Cabe entonces imaginar soluciones ordinarias y convencionales? ¿Es factible plantearse un viraje gradual y consensuado? La experiencia aconseja no descartar ningún escenario. Nadie puede negar de antemano que Henri Falcón gane los comicios y logre propiciar una transición, o que en su defecto, logre la implementación de algunas de sus propuestas por parte del régimen de Maduro. Sin embargo, una revisión de los principales factores y procesos de poder parece indicar que las probabilidades juegan abiertamente en contra de tales posibilidades. Todo apunta a que las vías más pacíficas del cambio político seguirán cerradas mientras quienes tienen las armas se mantengan apegados a los dictámenes de la cúpula dirigente. Y eso, en un contexto cercano a la hambruna, imprime un radicalismo absoluto a la situación actual, un radicalismo hobbesiano por el que el asunto ya no es únicamente el restablecimiento de la democracia sino la preservación de la vida.

La naturaleza profunda del régimen se revela en el modo en que han permitido y propiciado que el país cayera en el abismo actual. Ante quienes manejan el poder de un régimen radicalmente malo (en todas las acepciones del término) las vías intermedias, las soluciones diferidas, los acuerdos negociados, los entendimientos entre fuerzas plurales, son todas iniciativas que han demostrado su inutilidad. Mientras que ciertas autocracias (sangrientas, pero no totalitarias) permitieron que sus idearios y fuerzas políticas fueran “reciclados” y metabolizados por la democracia a través de transiciones negociadas, ante regímenes que propician terribles hambrunas sólo queda la disyuntiva entre rebelarse o morirse de mengua.

Sólo la posibilidad de ejercer una fuerza superior a la que el régimen es capaz de desplegar podrá forzarlo a negociar o dimitir. Sólo un esfuerzo literalmente extraordinario, una concertación inédita, una presión formidable de parte de los demócratas, combinada desde dentro y fuera del país, podrá generar la fuerza necesaria para cambiar el rumbo actual (esto es, cambiar de régimen político y atender la emergencia humanitaria). Dicho esfuerzo debe estar orientado a reorientar la lealtad de las fuerzas armadas (desviada como está actualmente) hacia la constitución y la soberanía popular, ya que todo lo demás redundaría en la perpetuación del régimen que viene propiciando, con toda deliberación, un drástico descenso de la población. Al liderazgo político compete la articulación de este titánico esfuerzo, así como la tarea de inflamar en la gente el ánimo de lucha necesario para resistir y revertir la situación.

Churchill, a quien hemos dedicado un reciente artículo, decía entre otras cosas que era “optimista” porque “no parece muy útil ser otra cosa”. Lo decía en circunstancias totalmente adversas, pero desde el espíritu práctico de quien sabe que no le queda más opción que luchar y hacerlo con ánimo de vencer. El optimismo que debemos generar en estos momentos no debe, pues, fundamentarse en espejismos y vanas ilusiones, sino en la firme convicción de que, ante una tiranía tan absurda y atroz, y ante el horror intolerable al que pretende someternos, nuestros máximos esfuerzos y sacrificios en pos de una causa absolutamente vital y justa no sólo son necesarios, sino que además no serán en vano.

@martinezmeucci

El autor es profesor de Estudios Políticos en la Universidad Austral de Chile. Doctor en Conflicto Político y Procesos de Pacificación. Autor del libro “Apaciguamiento. El Referéndum Revocatorio y la consolidación de la Revolución Bolivariana”. 2012.
Tomado de: https://politikaucab.net/2018/04/27/la-necesidad-de-reaccionar/

lunes, 5 de febrero de 2018

"Tarea del momento" por @Ismael_Perez



Por: Ismael Pérez Vigil, Politólogo.
2 de febrero de 2018.

El gobierno no ha necesitado recurrir, hasta ahora, al fraude electrónico. Con todo lo que ya hace, ese goteo incesante y metódico de trampas electorales a que nos somete, ha sido más que suficiente. Y cuando no gana gracias a esas trampas, arrebata, como paso en el Estado Bolívar en la elección de gobernadores; y la oposición organizada, como un todo, la MUD, los partidos políticos y las ONG, no tuvimos la fuerza para impedir que se realizara el hecho o para restituir los derechos burlados.

El resultado, miles de electores que no entienden nada, especialmente jóvenes, que decepcionados de todo y de todos, no quieren saber nada de la política y de los políticos y no creen cuando uno dice que eso no es política y que los que no dan la cara para explicar, para organizarnos y evitar que vuelva a ocurrir, no son políticos, ni líderes, ni dirigentes, ni nada, solo oportunistas.

De esta manera se abonó el terreno para una gran desmovilización y se dejó a una enorme parte de la población, que había sido muy activa, en manos de la abstención y la indiferencia o como decía Manuel Caballero, en manos de quienes invitan a la gente “… a sentarse a la puerta de los cuarteles esperando que de allí salga la solución a sus problemas. Ignorando además que los cuarteles no son la solución sino el problema. ¿O es que acaso se olvidó ya de dónde vino Chávez?” (El Universal 24 de octubre de 2004)

Con todo, a pocas semanas de las votaciones convocadas por la dictadura, −poco importa el órgano que lo hizo− parece llegado el momento de analizar esa “posición” política que −literalmente− reza: “Para que ir a un proceso electoral sin garantías sí sé que me van a hacer trampa”. No porque ello vaya a cambiar mucho lo que va a ocurrir con la abstención en las próximas elecciones —que ya luce que es irreversible, aun cuando hagamos llamados a votar— sino porque es conveniente que cada uno de nosotros asumamos la responsabilidad que nos corresponda en este entuerto, en los días posteriores, porque pese a todo, el mundo no se termina con esa elección presidencial.

Pero el problema no es si se cree o no en que las elecciones serán fraudulentas, pues no se trata de un problema de fe, el problema era y es cómo convertirlo en una acción política efectiva y es allí en donde está la clave. En días pasados un tuit de Tulio Hernández lo resumió de manera excelente:“Hay una gran diferencia entre abstenerse y negarse a aceptar unas elecciones inconstitucionales, ilegítimas, ventajistas. Somos muchos lo que no creemos en la abstención sino en la necesidad de exigir elecciones justas, equitativas, respetuosas para todos los actores políticos”. Pero, cada quien, en un alarde de —no sé bien como calificarlo— absoluto individualismo, lo convierte como quiere y en lo que quiere: unos en abstención; otros en participación, pero solo “bajo condiciones mínimas”, aclaran; otros hablan de resistencia activa; otros de desobediencia o rebeldía civil −aunque estas dos últimas serán por “combustión espontánea”, pues no parece haber nadie organizando eso− y una buena parte en simple indiferencia: “me cansé ya de esto, ya hice mucho, la culpa no es mía sino de otros, yo me regreso a lo mío... ¿Dónde era que estaba?”

Quienes creemos que en efecto no hay condiciones para un proceso electoral verdaderamente democrático, debemos rendirnos ante la evidencia de que lo que hoy tenemos y estamos haciendo es una política pésimamente implantada. Que se debe analizar mejor y evaluar consensuadamente si se tiene la fuerza para llevarla adelante, en este momento, porque una política de esa naturaleza que conduzca a un llamado a no participar o a la abstención, o es total, o es un absurdo y total fracaso, es dejarle el camino libre a la dictadura para que se quede, en principio, seis años más, de manera gratuita, sin costo político y sin hacer ningún esfuerzo. ¿Estamos de verdad preparados y conscientes de eso?

Siempre pensamos −y se dijo− que la estrategia de no participar en las elecciones de alcaldes, ese pasar agachados por parte de los partidos, era coyuntural, era para prepararnos para después. Ese “después” llegó, siempre fueron las elecciones presidenciales que ahora tenemos en perspectiva. ¿Y cómo nos preparamos para confrontarlas y continuar después? Porque el problema no es como piensan algunos, salir de esta nefasta dictadura, sino construir una democracia sólida con la participación de todos, en donde los demagogos como Chávez Frías y Nicolás Maduro no tengan una segunda oportunidad, y eso es lo que hoy está en entredicho con las profundas fisuras en la oposición y el país.

Para concluir −con una nota positiva, además− reitero lo que ya he dicho en otras ocasiones, la tarea del momento, la que nos espera, es volver al pacto originario, a la reconstrucción del pacto social entre ciudadanos y políticos sobre nuevas bases, de verdadera participación y democracia con una visión compartida de país y futuro.

Tomado de: https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2018/02/02/tarea-del-momento/